Los neoluditas y el odio a la tecnología

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odio a la tecnología

Everett Historical – Shutterstock

La tecnología se descubre tan incluida en vuestra vida rutinaria que, no sólo lo damos por hecho y la consideramos casi parte del paisaje, como si continuamente hubiese estado ahí, sino que asimismo ni tan siquiera da la impresión de que seamos conscientes de ello. Para lo bueno y para lo malo, cada día(24hrs) usamos con soltura nuestros smartphones móviles, computadores portátiles, televisores, hornos microondas, etcétera, y no concebimos la normalidad sin poder hacerlo. Quizá esa sea una de las razones de que nos fascinen las ficciones postapocalípticas en las que la electricidad es sólo un recuerdo para sus sufridos protagonistas.

Pero no todo el universo está dispuesto a aceptar la vida tecnológica presente como lo normal.

Orígenes del ludismo: destrozando máquinas

El nombre de este desplazamiento procede del dudoso Ned Ludd, un adolescente que aparentemente rompió un par de telares a finales del siglo dieciocho, incendió otros a comienzos del diecinueve, envió cartas y anunció proclamas en nombre del descontento obrero. No obstante quizá no se trate más que de un seudónimo para eludir castigos de las autoridades por tales acciones.

Se cuenta que, en la 2.ª década del siglo, artesanos ingleses desbarataban los telares industriales que amenazaban su supervivencia. Llegaron inclusive a enviar amenazas de muerte anónimas y agredir a magistrados que,La deriva del pensamiento contemporáneo ha vinculado los disturbios luditas con el odio antitecnológico según decían, usaban a provocadores para alentar los ataques y justificar la represión, e inclusive se enfrentaron al ejército británico en Lancanshire. Más tarde, durante los disturbios Swing, fueron las máquinas trilladoras el objeto de la ira. Y en España, cientos de cardadores e hilanderos irrumpieron en Alcoy y quebrantaron las mismas máquinas a comienzos de la 3.ª década del siglo, y a la vez tuvieron que intervenir los regimientos más cercanos del ejército para terminar con la violencia.

Pero no nos equivoquemos: tales destrozos respondían más a protestas por la irritación de la clase obrera a causa de las malas politicas de trabajo y su incertidumbre que a un odio cerval por los males de la tecnología de entonces. Además, no hay que olvidar la inestimable contribución de pequeños dueños que no podían permitirse obtener la maquinaria para competir en su mercado. Es la deriva del pensamiento contemporáneo la que ha vinculado los estragos de aquel instante con ese odio antitecnológico, admitiendo que hoy haya excéntricos que se consideren sucesores de los luditas clásicos.

El neoludismo: aleja de mí ese aparato

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Khosro

Los primeros luditas hicieron trizas máquinas que, pensaban, les quitaban el sustento y para protestar por su mala situación como trabajadores. Los nuevos, los actuales, rechazan en cambio los mejoras tecnológicos porque, según ellos, afectan negativamente a las personas, a la comunidad en su conjunto y al medio ambiente: las propias máquinas y los sistemas científicos son perversos en todos los sentidos, y si no lo son al completo, “las partes malas de la tecnología no pueden ser separadas de las buenas” y es mejor rechazarla en bloque, tal como asegura Theodore Kaczynski en su manifiesto La comunidad industrial y su futuro.

El caso del bueno de Kaczynski es inolvidable. Más conocido como Unabomber (contracción de University and Airline Bomber, el nombre que le puso el FBI cuando le perseguía), es un matemático neoludita con un diagnóstico incongruente de esquizofrenia paranoide que se dedicó a enviar una serie de cartas bomba a instituciones formativas y líneas aéreas durante diecisiete años con el retorcido propósito de destruir la comunidad industrializada, y en una ocasión, puso una potente bomba en el equipaje de un Boeing® 727 que volaba de Chicago a Washington, que no explotó por un fallo en el temporizador. Kaczynski fue atrapado en 1996 después de que The New York Times decidiera anunciar su manifiesto con la esperanza de que alguien reconociera su estilo de escritura y lo denunciara. El terrorista había requerido al periódico que lo publicara a cambio de no mandar más bombas y lesLos neoluditas rechazan los mejoras tecnológicos porque, según ellos, afectan negativamente a las personas, a la comunidad en su conjunto y al medio ambiente había amenazado con atentar contra ellos si no accedían. Su propio hermano le denunció al reconocer en el manifiesto una frase típica suya: “No puedes comerte la tarta y continuar teniéndola”. El saldo de esta historia, tres muertos, veintitrés heridos y una cadena perpetua para Kaczynski.

El neoludismo teme las consecuencias futuras de la utilización de las nuevas tecnologías, y está relacionado con los movimientos antiglobalización y de anticonsumismo, con el anarquismo primitivista, que aboga por el retorno a una vida precivilizada, ajena a la tecnocracia que explota y aliena al individuo y destruye la naturaleza, y por tanto, con el ecologismo radical. Lo usual es la prédica del modo de vida simple (simple living), como el de los cuáqueros y, al extremo, los amish, y muchas veces, el ecoterrorismo, las pseudociencias médicas y el animalismo. Y debe de ser atrayente confrontar a los defensores de estas corrientes con las afirmaciones de Kaczynski, al que le van publicando recopilaciones de sus cartas desde la cárcel, acerca de que el sistema tecnoindustrial nos aleja de “los patrones naturales de la conducta humana” y nos causa “trastornos psicológicos ejemplificados por el izquierdismo”.

Creo que ha quedado claro que, si contamos de un neoludita, no nos referimos facilmente a ese compañero vuestro que se queja de que le prestéis demasiada atención al móvil cuando habéis quedado para tomar una cerveza. Son personas(individuos) que rompen totalmente los esquemas acostumbrados en vuestro modo de vida, y supongo que deben de crear un sacrificio ímprobo para ser coherentes con sus ideas y no utilizar nada que provenga de la tecnología contemporánea, ni en el vestido, ni en la comida, ni en la forma de combatir las temperaturas desagradables, ni en el transporte, ni en la droga ni, claro, en la comunicación. Así que, regalado que este texto no lo estoy transmitiendo a base de señalizaciones de humo, supongo que nunca tendré la fortuna de que alguna de ellas lo lea.


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